Hace unos días mientras impartía una clase a mis alumnos del último nivel de bachillerato, meditaba la profundidad de mis palabras y lo que para esos jóvenes de 18 años significaban. El tema abordado era ¿Qué es casarse? Siguiendo la recomendación del padre director del colegio católico donde trabajo abordé el tema desde el rito sacramental hasta el fundamento bíblico.
Con diecinueve años de matrimonio me sentía confiado de poder trasmitirles en esencia el significado de tan maravillosa alianza, sin embargo, esa pequeña tarea me llevó a reflexionar respecto al Sacramento y uno de los símbolos que se utilizan durante la celebración del mismo.
Los anillos parecen insignificantes muestras de metal que se llevan en el dedo anular, pero cuál es el significado del anillo y más aún que implica portarlo hoy en día, en el presente artículo abordaré algunos elementos que me llamaron la atención.
Desde mucho tiempo atrás culturas como la egipcia, judía, romana y otras ostentaban anillos con diferentes simbolismos, de diferentes metales, formas y fines se hicieron parte de la cotidianidad de las personas.
En el rito nupcial católico el sacerdote bendice los anillos diciendo:
"El Señor bendiga estos anillos que vais a entregaros uno al otro en señal de amor y de fidelidad" a lo cual los presentes respondemos: Amén
Que impresionante que después de dar el SÍ mutuo, el paso siguiente es la entrega de los anillos entre los nuevos esposos, signo de donación y entrega recíproca, aquí descansa el primer elemento de la bendición citada anteriormente “señal de amor” solamente alguien que está enamorado sería capaz de prometer amor eterno y no es lo mismo que el cliché cinematográfico de “vivieron felices por siempre”. El amor prometido en el altar con Dios como principal testigo debe ser capaz de permanecer durante la prosperidad y la adversidad, en la salud y en la enfermedad durante todos los días de la vida.
La segunda señal de los anillos es la fidelidad, una relación exclusiva e indisoluble que deberá permanecer blindada a los coqueteos, flirteos y múltiples tentaciones que aparecerán en el camino de los conyugues. Resulta determinante una convicción inquebrantable que garantice la protección del sagrado vínculo, donde el aguijón será repelido no cuando se presenta, sino mucho antes, cuando permaneciendo en la gracia de Dios y la oración constante se preparan para decir no, un NO contundente porque las diversas situaciones que merodean a la pareja los empujarán en direcciones opuestas, los problemas financieros, las discusiones, los temperamentos, los cambios hormonales, las “amistades” que influyen negativamente, una sociedad secularizada que ridiculiza a los cristianos fieles y exalta el adulterio, el engaño y la traición, bastará mirar por unos momentos la telenovela de moda y comprenderemos como lo ilícito se presenta como la norma, de forma atractiva, excitante, sexi y moderna.
Poner el anillo en el dedo anular del otro será el símbolo de que me pongo en sus manos para que me de ese amor prometido, ahí estaré seguro, confiado y palpitando hasta su corazón, sé que habrá diferentes momentos de la vida donde mirando el anillo sabrá que estoy a su lado, de forma incondicional, llevando las cargas juntos, llorando juntos, incluso si llegara a caer allí estaré. En definitiva, el anillo va más allá de una alhaja o unos cuantos quilates, se convierte en el recuerdo de la deuda de amor.
Prometer amor no son solo palabras, una vez que nace el vínculo matrimonial permanece hasta la muerte, es lamentable que hoy muchos conyugues esconden, guardan u ocultan sus anillos, en algunos casos en una especie de cuidado del objeto valioso, lamentablemente en la mayoría de las situaciones la finalidad es no aparentar compromiso y de esa forma estar abiertos a relaciones extramaritales o bien pretender una aparente soltería y de esa forma no ser cuestionados de comportamientos vergonzosos e inmorales, una sociedad que se jacta de infidelidades, aplaude los comportamientos lascivos y contrarios a los valores matrimoniales.
Sin embargo, ánimo hay esperanza, todavía quedan muchos que no sienten vergüenza de la alianza matrimonial y portan con orgullo un anillo hasta que la muerte los separe. Es en este momento cuando comprendo porque el nombre más apropiado para los anillos es “alianza”, más que un trato o una negociación civil, la alianza es para siempre, eso la hace única, irrepetible e indisoluble, así como Dios en el Horeb hace su alianza con Moisés y el pueblo de Israel, de la misma manera que Jesús vertiendo su sangre en el madero sella por siempre nuestra salvación, así los contrayentes funden sus vidas por encima de lo que les rodea, este es el lenguaje del verdadero amor, aquel que se da sin esperar nada a cambio, y en múltiples ocasiones dado o recibido inmerecidamente así como Dios nos ama.
