Cuando llega el sufrimiento

“En el mundo tendrán que sufrir, pero tengan valor yo he vencido al mundo" (Jn.16,33)

Al releer este pasaje del San Juan encontramos dos verdades innegables, el sufrimiento en el mundo y la victoria de Cristo. Para comprender a cabalidad la relación entre ambos será necesario hacernos la siguiente pregunta ¿Para qué tenemos que sufrir?

En primer lugar, recordemos que constantemente Jesús advierte a sus discípulos y por ende a todos nosotros que no debemos tener miedo. “Que no haya en ustedes angustia ni miedo” (Jn.14,27b) El concejo de Jesús es lógico, pues estamos en el mundo, pero no somos del mundo (Jn.15,19), vivimos rodeados de un ambiente que nos invita a pecar, seduciéndonos constantemente, tendiendo sus trampas y engaños permanentemente.

Nuestra frágil naturaleza puede experimentar dolor y sufrimiento, quebrantando incluso a los más espigados y fuertes. La aflicción en los hijos del Señor es constatable desde el Antiguo Testamento, el libro del Génesis presenta como Adán y Eva pecaron y la consecuencia de su pecado fue la expulsión del Edén (Gn.3,23) el denominado pecado original encarna la concupiscencia humana inclinándonos a la rebeldía y desobediencia mismas que tren consigo el sufrimiento y el dolor.

Sin embargo, existen otros sufrimientos que no provienen de nuestro pecado, "Dios, del que viene todo y que actúa en todo, quería introducir en la Gloria a un gran número de hijos, y le pareció bien hacer perfecto por medio del sufrimiento al que se hacía cargo de la salvación de todos;” (He.2, 10)" Cristo el cordero sin mancha muere sin culpa alguna y lo hace por amor a nosotros, sufre por nosotros, cuando nos preguntamos porqué a la gente buena le pasan las cosas malas debemos volcar nuestra mirada hacia la cruz y replantearnos la pregunta, no un porqué sino un para qué (ICor.15,14).

El sufrimiento surge de muchas maneras, pero la forma de encararlo es lo que hará la diferencia, "El mismo ha sido probado por medio del sufrimiento, por eso es capaz de ayudar a aquellos que son puestos a prueba" (He.2,18). Queda claro que las razones del sufrimiento son muchas y hasta misteriosas, pero es más claro que quien nos sostiene en los momentos de aflicción es el Señor, incluso al caer derrotados lo hacemos en la palma de su mano, encargándose de erguirnos para manifestar su gloria.

En la sociedad de la inmediatez y la vida fácil es contradictorio el sufrir, pero al estar pasando un momento amargo en la vida, la reacción instintiva será aferrarnos fuertemente de la mano del Maestro, como Pedro que mirando las aguas y escuchando la tormenta (apartó su mirada del Jesús) gritó “Señor, sálvame”(Mt.14,30b) recibió la ayuda en el momento justo, al transportarnos a esta escena descubrimos la razón del sufrimiento y angustia de Pedro, un pescador experimentado en las aguas no parece algo tan temible, pero sí cuando está hundiéndose en medio de la tormenta. Estar con el agua al cuello al borde de la muerte es como se sienten hoy muchos cristianos cuando les asfixian las deudas, los problemas matrimoniales, una enfermedad terminal e incluso la impotencia de mirar al ser amado postrado en una cama de hospital, existen muchas tormentas y muchos Pedros que gritan desesperados ¡Señor, sálvame!

Poner la mirada en Jesús y luchar por acercarme a Él es la actitud deseada frente a la adversidad, una madre de familia afligida comentaba: “mi hija se ha descarriado, se fue de la casa y está a merced de la calle, no sé que hacer…” Ya había recurrido a las autoridades, a sus familiares, incluso buscó internarle en un hospital psiquiátrico, pero nada resultó, sin duda esta madre estaba con el agua al cuello, cuando los esfuerzos humanos se agotan debemos poner la mirada en el Señor, llenarnos de Él, pedir que su Espíritu Santo nos cubra con su gracia, esto talvez no resuelva la rebeldía de la hija, pero dará la fuerza para seguir orando y esperando de la misma forma que el padre amoroso en la parábola conocida como “el hijo pródigo”. La oración no es mágica, en épocas difíciles será bálsamo que cura las heridas.

Finalmente, recuerda el concejo de Jesús, “tengan valor yo he vencido al mundo”. Si no tienes el valor pídelo, dile al Señor que necesitas su valor para perseverar, para no hundirte, habla con Dios diciendo: Tengo el agua al cuello como Pedro, ¡Sálvame! Date prisa en socorrernos. No abandones la oración, los sacramentos, reconcíliate con Dios y con tus hermanos, la batalla es dura, pero si Dios está con nosotros ¿Quién contra nosotros?

Jesús venció al mundo, pero recuerda que lo hizo pasando por la cruz, muriendo en el calvario y resucitando para mostrar su poder sobre la muerte, ánimo la última palabra la dice el Señor, no le digas a Dios lo grande de tus problemas, dile a tus problemas cuán grande es tu Dios, el eterno, victorioso, el mismo que liberó a Israel de su cautiverio en Egipto puede romper tus cadenas, vicios y ataduras, Él calla los vientos y las tempestades, los posibles son para los hombres y los imposibles para Dios.   

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