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Centro de Educación Salesiana Don Bosco



Contagiemos alegría

Por Zaida Navarrete.

Soy periodista, mi vida siempre ha sido apresurada, trabajando en medios de comunicación y ahora como encargada de comunicaciones para los salesianos vivía entre reuniones, encuentros, viajes y de repente calma, encierro, nada.

La cuarentena en mi país comenzó una semana después que di a luz a mi segundo hijo, aunque sabía que tendría un tiempo de reposo necesario en estas circunstancias, fue un balde de agua fría saber que no volvería a mi realidad como la conocía.

Ya estar en post parto era difícil como para que viniera sobre nosotros un momento totalmente desconocido. Estaba en casa con una niña de cuatro años que debía tener clases virtuales, un recién nacido y mi esposo con tele trabajo que le consumía todo su día frente a la computadora.

Sentí momentos de mucha angustia, un cansancio extenuante y hartazgo por la situación sobre todo por no saber que ocurriría, ¿cuándo acabaría esto? ¿me enfermaré? ¿alguien de mi familia o amigos morirá? eran las preguntas que día con día me inundaban la mente.

Comencé a sentirme decaída, pasaba pegada a las noticias y a cualquier información que me diera algo de aliento, pero me sentía peor. Gente cercana comenzó a enfermar, personas queridas murieron y el sentimiento de miedo no se iba de mi, comencé a enfermarme, mi cuerpo estaba resintiendo tanta presión, hasta que un día decidí revelarme.

No puedo vivir así, me dije, aquí es donde debo demostrar mi fe. ¿Cómo hizo Don Bosco en los momentos de angustia? pensé y entonces recordé un poderoso remedio: la alegría. Aunque estaba en una situación difícil, yo no era la única que estaba pasando por esto y a diferencia de muchas personas yo tenía muchas cosas para ser feliz.

Tengo un bebe que me sonríe cada vez que lo veo, yo soy su mundo y para él nada importa mas que el calor de sus papás. Tengo una niña lista que a sabido acomodarse a las situaciones mas cambiantes, ya que tuve que mudarme de casa en medio de la cuarentena, tengo un esposo que es un excelente papá y que está incondicionalmente para mi. Tuve todo un año en mi hogar, juntos, como quizás nunca antes lo había vivido y como seguramente no volverá a ser.

Comencé a hacer un recuento de todo lo que tenía que me hacía feliz y eso hacía que día iniciara mejor. Ponía música, bailábamos, cantábamos, tratábamos de hacer cosas divertidas, aunque afuera el mundo seguía con miedo, dentro de mi casa construimos un muro con felicidad, pero no esa alegría fingida, sino un sentimiento racional, meditado, aceptado, en el cual trabajamos cada día porque era la única forma de sobrevivir.

Mi salud se recuperó, mi estado de ánimo cambió, dejé de ver tantas noticias, solo las necesarias y decidí llenarme de pensamientos positivos, para mi y para mi familia.

En esos días de encierro, y aún ahora con la pandemia, he comprendido que el virus se acabará un día, nada en esta vida es para siempre, y volveré a mi trabajo habitual, corriendo de un lado al otro, teniendo momentos familiares solo los fines de semana, cuando el tiempo no nos gana la batalla.

Todo volverá a ser como era pero ahora con mas cariño, con más unión, con mas conciencia de que debemos detener el ritmo de vez en cuando.

El mundo estaba girando muy rápido, debíamos parar y la vida se las ingenió para ponernos en pausa. De esta experiencia no podemos regresar intactos, debemos ser mejores, mas agradecidos, pero sobre todo mas felices porque estamos vivos.