El amor propio

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12, 29-31).

Extraordinaria revelación la que Jesús nos da en este hermoso pasaje, cuando dice “No existe otro mandamiento mayor que éstos”.

El primero “amar al prójimo” y el segundo “amarse a si mismo”. En el abordaje de estos mandamientos me tomaré el atrevimiento de invertir el orden de los mismos, con el propósito de establecer el profundo vínculo que existe entre ambos y en función del amor propio.

Amarse uno mismo va más allá de sentir agrado por lo que se mira en el espejo, es una convicción de la autovaloración de mis múltiples riquezas, sentirme feliz siendo lo que soy sin dejar de construirme y mejorarme a diario. Hacer de mi felicidad una prioridad no es egoísmo es amor propio ya que el vaso estando vacío no es capaz de saciar la sed de quien lo busca para refrescarse, igual sucede con las personas que no se aman, se sienten inferiores o culpables de algo que han hecho, salta al momento una pregunta. Si no puedo ser feliz con mi mismo, ¿cómo podré ser feliz con los otros? La respuesta brota sencillamente, si me perdono, si me amo, si me tolero, si soy capaz de ser feliz con mis carencias puedo perdonar, amar, tolerar y ser feliz pese a las carencias de los otros. 

Cuando al hacer algo me siento mal, despreciado, poco valorado o incluso ignorado debo llegar a la conclusión de no hacerlo, muchos individuos se atan a trabajos, personas y cosas que les hieren, olvidan que la dignidad es un regalo de Dios, que nos hizo a su imagen y semejanza, decir no, es en algunas instancias gritar “me amo”.

Con mucha frecuencia hacemos lo que creemos agrada a los otros sin pensar, si a mí verdaderamente me agrada, un dilema adolescente que aun en edades avanzadas esclaviza a muchos hombres y mujeres que viven pendientes de la aprobación de los demás, piensa… en algún momento hemos cercenado nuestra satisfacción y alegría por priorizar la de otros.

Si un padre se desprende del último bocado de pastel por amor a su hijo siente satisfacción pues ver a su pequeño feliz le produce un regocijo inexplicable, esta experiencia es muy diferente a la que percibe la persona que se somete a la humillación y el desprecio de otros por temor a contradecir o a defender sus derechos, se sienten tan poca cosa que aceptan que otros caminen sobre ellos con tal de no tener una confrontación, eso no es sabio, ni digno, es inaceptable, se requiere un despertar en el amor propio y la autoestima para decir ¡basta ya! Y exigir el respeto que se merece.

Así podemos comprender las palabras de Jesús, pues nadie da lo que no tiene, al amarnos a nosotros mismos dependemos exclusivamente del yo y punto, si en mi corazón puedo engendrar un amor propio inquebrantable podremos exportarlo a otros valorándolos, respetándolos, tolerándolos, así como él Señor nos enseñó.

Algunos pensarán que amarse es inmerecido, pero si tu no lo haces ¿quién lo hará? El amor propio es el combustible que enciende los motores del éxito, es la vacuna contra el desánimo, es el mejor escudo frente a la envidia y la depresión, no conozco a una persona que se ame a sí mismo y no ame a los otros, aquel que se valora mira las cicatrices como trofeos y señal de carácter, siendo capaz de extender la mano al caído, porque sabe lo que se siente estar ahí, pero más aún sabe cómo levantarse y recomenzar.

Te reto a mirar el espejo y exultar “yo valgo” soy el mejor fan de mi historia, el motivador que me conoce desde adentro, el poder del yo que se eleva desde la humildad, la sinceridad, la perseverancia y un incalculable poder para decir “te amo” porque soy libre de las ataduras que aprisionaban mi corazón, pues Cristo me ha hecho libre, Él me amó primero desde que estaba en el vientre de mi madre y me espera para encontrarnos en un regocijo eterno.